La juventud ante el acoso de las apuestas deportivas


Pablo G. Perpinyà
Responsable de Juventud de Podemos Comunidad de Madrid

[Este artículo fue publicado en el diario Público el 15 de febrero de 2018]

La escena de un hombre de edad avanzada alimentando una máquina tragaperras de manera compulsiva forma parte del atrezo habitual de un bar de cualquier barrio de Madrid. Desde 1981, año en el que fueron legalizadas en nuestro país, éste ha sido probablemente el juego que más popularidad ha alcanzado a pesar de la progresiva estigmatización del jugador que se ha producido. Hoy está bastante extendida la creencia de que jugar a las tragaperras es síntoma de una procedencia social humilde, falta de formación, impulsividad e incluso adicción al alcohol u otras sustancias. Ante esta situación y al calor de las oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías, la industria del juego ha querido darle una vuelta de tuerca al negocio y ha encontrado en las apuestas deportivas el gancho perfecto para la atracción de nuevos jugadores y el aumento exponencial de sus beneficios.

El negocio del juego en los barrios y municipios de la Comunidad de Madrid pasa hoy por las casas de apuestas deportivas, la vertiente de la industria del juego que más ha crecido los cuatro últimos años, cuadruplicando el número de jugadores. Se trata de espacios milimétricamente diseñados en los que casi nada es fruto de la casualidad: un acceso enmoquetado propio de un hotel de cinco estrellas, azafatas, cerveza gratuita, un bono de bienvenida de 200 euros y, sobre todo, la posibilidad de ganar dinero rápidamente. Las casas de apuestas fabrican un entorno idílico que permite al jugador evadirse con facilidad y en el que el éxito está al alcance de la mano. Así lo presentan futbolistas, periodistas y clubes deportivos que, patrocinados, animan a los jóvenes a apostar. Los mensajes se agolpan cada fin de semana en los programas de radio y televisión, en los estadios y hasta en las camisetas oficiales que los Reyes Magos traen por Navidad a los niños de medio mundo.

Las casas de apuestas permiten al jugador invertir grandes cantidades de dinero en todo tipo de eventos y en infinidad de disciplinas deportivas que son televisadas en el propio local. Eso garantiza que el cliente permanece al menos durante un par de horas en el establecimiento, tiempo que emplea en muchas ocasiones para socializar con otros jugadores o para recurrir a modalidades de juego más tradicionales como la ruleta, el póker o las mencionadas tragaperras. De esta manera las apuestas deportivas operan también como reclamo para introducir al nuevo perfil de jugador en las máquinas de toda la vida.

Según un estudio realizado por la Universidad Carlos III[1], el 50% de los jugadores de apuestas deportivas y el 68% de los de salones de juego, tienen menos de 35 años, mientras que el perfil del jugador patológico se encontraría en torno a los 25. Los más de 1,5 millones de españoles menores de 35 años desempleados[2], así como los altos índices de precariedad que explican el crecimiento de los contratos temporales en 2017[3], se convierten en factores de riesgo en un contexto de proliferación de locales de apuestas. Una situación que ha llamado la atención de las asociaciones que luchan contra la ludopatía y que exigen medidas a las administraciones públicas ante un problema social que representa una amenaza particularmente para el futuro de las generaciones más jóvenes.

Es imprescindible mejorar la coordinación a todos los niveles para hacer cumplir la Ley en lo que tiene que ver con el acceso a los locales de apuestas. El Registro de Interdicción de Acceso al Juego, de competencia autonómica, sirve para garantizar el derecho de las personas a que les sea prohibido el acceso a locales y juegos, y es una herramienta fundamental para la recuperación de personas con problemas de ludopatía. En estos momentos los datos no son compartidos por todas las comunidades y eso permite que una persona en tratamiento, y voluntariamente inscrita en el registro, pueda acceder a locales de juego fuera de su comunidad en un momento de debilidad. Incluso hay casos de personas que, a pesar de estar inscritas en el registro, han podido acceder a los locales debido a los incumplimientos reiterados por parte de algunos establecimientos de la obligación de negarles el acceso. Una circunstancia que se da también, en ocasiones, entre menores edad, para los que urge destinar más recursos en materia de prevención de la ludopatía y seguridad. Pero sin duda una de las medidas que más efecto tendría en la lucha contra el juego patológico sería la incorporación de restricciones a la instalación de locales de apuestas y juego en el entorno de colegios, centros juveniles, culturales y en general en todos aquellos lugares que puedan ser considerados especialmente vulnerables. Esta limitación puede incorporarse en los ayuntamientos a través de modificaciones en los usos del suelo en las zonas que necesitan protección o incluso mediante ordenanzas, para lo cual sería muy útil que la Comunidad de Madrid lo previera expresamente en su Ley del Juego así como que los ayuntamientos se comprometieran a ponerlo en marcha.

No podemos seguir mirando para otro lado mientras el problema de la adicción al juego crece. Los locales de apuestas se multiplican y asientan en barrios especialmente golpeados por la crisis o con mucha presencia juvenil, mientras muchos gobiernos aún no han terminado de comprender los riesgos entraña el crecimiento descontrolado de este tipo de negocios. Hay mucho por hacer y el tiempo corre en nuestra contra.

NOTAS
[1] Percepción social sobre el juego de azar en España (2017)
[2] http://www.eleconomista.es/economia/noticias/8411270/06/17/Radiografia-del-paro-juvenil-en-Espana-temporalidad-precariedad-y-exilio.html
[3] https://elpais.com/economia/2017/12/24/actualidad/1514127349_806508.html

Aquí puedes leer el artículo en Público

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